Mi amigo "el judío"
Sheli Zilberstein

Cuando el martes 20 de agosto del 2002 se celebró nuestra boda en la Gran Sinagoga Bet Shalom, donde culminó la realización de un largo sueño.

Veintidós años atrás tenía yo nociones muy vagas sobre el judaísmo, casi todas provenientes de la Historia de la Segunda Guerra Mundial, pero de manera muy superficial. Lo cierto es que tenía yo un compañero de aula mientras estudiaba mi carrera en Leningrado al que llamaban "el judío", y yo apenas conocía el significado de esa palabra. Él era mi mejor amigo. En los momentos difíciles siempre estaba a mi lado, compartíamos el estudio, nuestra comida, nuestro dinero, nuestras aspiraciones... y todo lo que con un verdadero amigo se puede compartir.

Un día me dijeron que el judío estaba enamorado de mí y me indigné mucho. Sentí que de pronto mi amigo había traicionado mi confianza y decidí dejar de verlo por un tiempo. Afortunadamente para mí, ya era tarde. Nadie podía llenar el vacío tan grande que me dejó su ausencia. Extrañé mucho su ímpetu para estudiar, su perseverancia en salvar los obstáculos que se nos interponían, su rigurosidad y exigencia consigo mismo, su humildad, su manera de economizar el pequeño estipendio que recibíamos y... hasta las sopas de vegetales que preparaba. Definitivamente me había enamorado de mi amigo "el judío". Un año después nos casamos por lo civil.

Años más tarde vinieron nuestros hijos: Diana y Albertico, y comenzaron a asistir todos los domingos a la escuela hebrea Tikun Olam, acompañados por su abuela paterna Esther. Aprendieron canciones en hebreo y pasillos de una danza que yo no comprendía. También pasaban horas narrando pasajes bíblicos que habían aprendido, así como pronunciando palabras que decían estaban en idioma hebreo. Yo no entendía mucho de aquello y entonces agradecí profundamente las charlas en familia sobre la libertad de elegir por el judaísmo.

Todas las noches, al igual que Francisco Maldonado da Silva, en La Gesta del Marrano, conversaba con las estrellas, con mi conciencia, con mi alma, conmigo misma, o lo que es igual, con Dios. La asistencia a la sinagoga para recibir el Shabat se convirtió en un hábito para mí, y ya las canciones y danzas de mis hijos los domingos no me resultaban ajenas. Mezuzá, Menorah, Maguen David, Janukiá, se convertían también en mis símbolos, y ese pueblo que un día muy lejano vagó por el desierto pasaba a ser Mi Pueblo.

De repente, un día me di cuenta de que mi elección por el judaísmo la había realizado veintidós años atrás. Por eso, cuando el martes 20 de agosto del 2002 se celebró nuestra boda en la Gran Sinagoga Bet Shalom, culminó también la realización de un largo sueño para mis hijos y para mí.

   
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