
Santa Clara. Dos piedras,
un pueblo
David Tacher
El pueblo hebreo en los primeros momentos de su
salida de Egipto carecía de la fe necesaria para comprender
en su dimensión exacta toda la grandeza que tenía
a su alrededor. ¡Qué dolor sintió Moisés
nuestro más grande profeta, al ver como el pueblo se revelaba
por la falta de agua! Fue necesario la intervención de Dios
para que de una roca saliera agua en presencia de los ancianos como
testigos y se calmara así la sed del pueblo que había
puesto a prueba al Eterno.
Es cierto que el pueblo había alcanzado la
libertad física pero estaba aún distante de la libertad
espiritual, que es la más importante para el ser humano,
pues al alcanzarla el hombre comienza a transitar por un camino
propio, más digno y con un sentido superior que le permite
ver con los ojos del alma la realidad que tiene ante sí,
adquiriendo la voluntad de defender estos valores al precio que
sea necesario.
El pueblo se fue forjando en el diario vivir, descubrió
el valor de la libertad espiritual y sobre todo aprendió
que en la unidad estaba la fortaleza, interpretó lo que significaba
ser el pueblo escogido de Dios, no como un privilegio sino como
una hermosa misión para contribuir en el mejoramiento de
toda la creación, previendo una época de paz universal,
que constituye en sí la mayor creación del espíritu
judío al llevar a todos la esperanza en un futuro lleno de
vida y amor. El regalo del Tanaj a la humanidad es otro de los hechos
más hermosos que ha permitido a millones de seres humanos
encontrar la palabra de Dios y aprender de las fuentes de nuestro
pueblo.
Pero a través de nuestra historia hemos tenido
que enfrentar múltiples enemigos, que disfrazados con diferente
ropaje han coincidido en el objetivo común de querer hacernos
desaparecer, sus métodos han sido la esclavitud, invasiones,
destrucción de los templos, exilio, diáspora, prohibiciones
de practicar nuestra fe, humillaciones de todo tipo, expulsiones,
persecuciones, difamaciones, conversiones forzadas, discriminación
y en el siglo pasado algo tan horrendo como la Shoá (Holocausto)
con la perdida de seis millones de hermanos a los que les fueron
arrancadas sus preciosas vidas.
Días atrás nuestra comunidad recibió
a un grupo de amigos norteamericanos, que durante casi dos años
hicieron gestiones en diferentes lugares para adquirir algún
objeto relacionado con la Shoá y ayudarnos en la idea de
construir un pequeño monumento de recordación. Una
señora traía un paquete envuelto que por el agotamiento
que reflejaba su rostro debía de pesar mucho. Grande fue
nuestra sorpresa cuando aun sin abrirlo explicaron que se trataba
de una piedra de la calle Chlodno en el Gueto de Varsovia, donada
por el Museo del Holocausto en Washington, enfatizando la gran responsabilidad
que constituía para nuestra comunidad por el valor histórico
y moral que ella encierra.
Al mostrarse la piedra, un sentimiento muy fuerte
invadió a todos los presentes, comenzamos con palabras de
agradecimiento, la señora Aida Waserstein empezó a
traducir, seguí hablando y en un momento nadie traducía,
todos lloraban, aun me quedaban algunas fuerzas como para concluir,
llamé al guía cubano del grupo pero este entró
llorando también, se hizo un silencio denso donde cada uno
se hundió en sus propios pensamientos, pero la vida no se
detiene, así que pasamos la piedra como si fuera un pequeño
bebe de uno en otro. Hoy pienso como ese mismo pueblo que se mostró
incrédulo e inconforme a la salida de Egipto, ahora revelaba
dignidad y sentido de compromiso; después de recorrer un
camino plagado de situaciones difíciles se presentaba con
una alta sensibilidad, más fuerte y unido por elevados valores
espirituales y humanos. Podemos comprender entonces porque brotó
el agua de los corazones de los hombres ante una piedra que simboliza
el dolor y el sufrimiento de una de las etapas más negras
de la historia de nuestro pueblo. Gracias a Dios por habernos permitido
permanecer fieles y formando parte del pueblo judío. Baruj
Hashem aquí estamos a pesar de todo, dispuestos a continuar
viviendo con los principios y valores que hemos recibido de generación
en generación. Al final de los días surgirá
un mundo más brillante y una generación futura podrá
experimentar esa época gloriosa. Mientras esa esperanza sobreviva,
también lo harán los judíos.
|